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Con
el título de “Las huellas de Dylan” hemos hecho una
película documental en torno al genio de Minesotta,
al que hemos seguido durante su reciente gira por España
pulsando las emociones de sus fans, una auténtica
legión de incondicionales que le siguen por todo
el mundo, cuya visión se completa con la de las gentes
del ámbito de nuestra cultura, que han conocido personalmente
al artista americano o les ha influido en su vida o creación
artística, como Luis Eduardo Aute, Amaral, Joaqu ín
Sabina, Pablo Carbonell, Jesús Ordovás, Javier
Rioyo, Gay Mercader, Angeles González Sinde, José
María Cámara, Benjamín Prado o Cristina
Rosenvige entre otros.La idea de esta película es
mostrar una máscara más de ese personaje público
creado por Robert Zimmerman, de nombre Bob Dylan, intérprete
de sus propias canciones, que tanto han influido en varias
generaciones, y verle tras el reflejo de sus fans y estudiosos,
para completar esa imagen misteriosa y contradictoria que
se tiene de él.El motivo para hacer la película
se encuentra implícito en la propia idea, retratar
un personaje y artista admirable que a sus 64 años
está más vivo que nunca en su “gira de nunca
acabar” lanzando sus canciones al viento de medio mundo,
como un juglar ancestral, sin someterse a los criterios
de la industria discográfica actual; pero por otra
parte, y debido a su edad, cada nueva gira será una
menos a dar, es también por ello por lo que nos parecía
muy interesante recoger ese documento, pues puede que esta
sea su última gira por nuestro país, y mostrar
cómo aglutina gente de muy diversas nacionalidades
dispuesta a cualquier sacrificio por verle en directo, personas
de 60, 50, 40, 30, 20 y hasta 15 años como fans incondicionales,
se me antoja un fenómeno irrepetible en cualquier
otro artista.Por tanto se muestra en el filme un crisol
humano de diferentes edades, nacionalidades y lenguas, pero
con un nexo de unión: su devoción por Bob
Dylan.Ha sido un auténtico placer comprobar cómo
esa legión de admiradores viven con intensidad las
actuaciones de su ídolo día a día,
haciendo colas durante horas o luchando por acercarse a
él, verle a distancia, poderle gritar algo, pedirle
un autógrafo o seguir su caravana de noche o de día,
y no precisamente fans descerebrados, sino gente incluso
con erudición intelectual.Durante la gira el rodaje
ha estado plagado de anécdotas y de situaciones divertidas
o emotivas, humanas en definitiva; que posteriormente han
sido completadas con los pensamientos y reflexiones en torno
a la figura de Dylan, el arte o la música, de personajes
de nuestra propia cultura, podemos escuchar de labios de
Aute cómo empezó a cantar y componer tras
descubrir a Dylan, o a Pablo Carbonell que cantaba “Hurricane”
a la puerta del colegio de las niñas en su mocedad,
o a Ángeles González Sinde sus paseos con
Bob Dylan por Madrid, la pasión desmedida de Benjamín
Prado, que ante cualquier nueva obra de creación
suya, su primera premisa es hacer algo de lo que no se avergonzaría
enseñar al propio Dylan, la emoción de Jesús
Ordovás cuando le llamaron para escribir el primer
libro sobre Dylan en España, las anécdotas
que cuenta Gay Mercader sobre Dylan y lo que dice Keit Richards
de él, que está enganchado a la línea
blanca, no de la coca, sino de la carretera; la turbación
tremenda que sufrió Eva Amaral cuando le dan unos
golpecitos en la espalda, se gira y era Bob Dylan, o escuchar
a Javier Rioyo cómo narra el terremoto de Asís
cuando Dylan tocó para el Papa.Esperamos por tanto
con esta película aproximar una figura fundamental
en la cultura del siglo XX a los públicos más
jóvenes, el retrato de un personaje universal desde
unas tierras extrañas y en una lengua que no es la
suya, lo que dota al personaje de una mayor trascendencia
y a la película de un extraño exotismo, que
sin duda será apreciado también fuera de nuestras
fronteras.Por otra parte se trata de una película
aún no hecha, pues sobre Dylan se ha escrito mucho
durante estas últimas cuatro décadas, incluso
en el cine ha trabajado en diferentes películas como
actor (Pat Garret and Billy the Kid), guionista y actor
(Masked and anonimus) o como director (Renaldo y Clara),
pero hasta ahora nunca una película documental se
ha ocupado de él visto a través de los ojos
de los demás, los fans y los eruditos en su obra,
motivo por el cual dota a “Las huellas de Dylan” de una
condición única, sobre todo en un momento
en el que en Estados Unidos se está preparando una
película de ficción sobre su vida, con diferentes
actores y hasta una actriz haciendo de Dylan en diferentes
momentos históricos, y otra documental que dirigida
por Scorsese, sobre sus primeros tiempos en New York, de
1962 a 1966, salió el año pasado al mercado.Sería
arduo resumir todo el glosario de gente que le ha seguido
por España y que aparecen en la película,
desde Antonio Terni, un productor de vino italiano que tiene
una marca de vino con el título de un disco de Dylan
y le arroja sombreros de piel de leopardo al escenario,
a una pareja de hippies, él madrileño y ella
japonesa que le siguen en sus giras y eso constituye el
pilar de sus vidas, o de una chica alemana que cree que
Dylan canta para ella y le sigue por todas partes en auto
stop viajando de día o de noche en función
de cuando lo haga su héroe, o Guillermo, catedrático
de paleontología en la universidad de Zaragoza, que
tiene empapelado su despacho en la facultad con carteles
de Dylan, o a Antonio Iriarte, que tiene más de 1000
discos piratas y conoce todas las letras de sus canciones,
y cómo no resaltar también la emoción
de Julia Pons, una joven de 18 años que arrojó
unos claveles al escenario en Motril, Dylan los cogió
y olió, tras ello Julia siguió su estela hasta
la otra punta de España, hasta Santiago de Compostela,
donde conoció a Miguel Zapata, un fan dylanita, que
con sólo 15 años de edad tiene una página
web de su ídolo, quizá la más visitada
en lengua española y poder así cantar los
dos juntos sus canciones emblemáticas. En fin...Me
llena de emoción evocar aquellos momentos, pues me
reconcilian con mi propia juventud, en un extraño
viaje por el tiempo, cuando yo también seguí
la estela de Dylan hasta París, en el 78, pues aún
no venía a actuar por estos pagos. Aquellos días,
aquella aventura, estará siempre marcada en mi alma,
al igual que está película, a la que amo tanto,
“Las huellas de Dylan”.
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